Hace unos meses, en enero de 2023, tuve la oportunidad de cumplir uno de mis sueños viajeros: pasar una noche en el desierto de Merzouga, en Marruecos, junto a mi familia. Éramos cuatro: mis padres, mi hermana (que estaba embarazada de cinco meses) y yo. Fue un viaje precioso y muy especial, no solo por los impresionantes paisajes, sino por el tiempo que pasamos juntos. Además, fue el regalo de cumpleaños de los 60 años de mi padre, lo que lo hizo aún más significativo.

Aunque en muchos viajes al desierto los turistas suelen recorrer las dunas en camello, en nuestro caso no lo hicimos. Mi padre y yo decidimos subir a pie a la duna más alta, un desafío que se convirtió en una experiencia que nunca olvidaré. Ver el horizonte infinito desde la cima de la duna, con el viento suave en la cara y el silencio absoluto a nuestro alrededor, fue uno de esos momentos que te dejan sin palabras.

Lo que hizo el viaje más especial fue la amabilidad de los bereberes locales, que nos recibieron con una calidez increíble. Nos enseñaron sobre sus costumbres y su vida nómada, compartiendo con nosotros detalles curiosos, como el simbolismo del color azul en sus túnicas, que representa el cielo y les proporciona protección. También aprendimos a envolvernos el cheich, el turbante tradicional, para protegernos del sol y el viento.

Por la noche, disfrutamos de una deliciosa cena bajo las estrellas: un tajín cocinado a fuego lento sobre una hoguera, acompañado de la música tradicional bereber. Mi hermana, a pesar de estar embarazada, estuvo cómoda en todo momento, gracias a los cuidados de los guías, que siempre se mostraron atentos y pendientes de su bienestar.

El desierto de Merzouga no es solo un lugar increíble por sus paisajes, sino una experiencia profunda que se enriquece con la conexión con la naturaleza y las personas que han habitado estas tierras por generaciones. Si alguna vez tienes la oportunidad de vivirlo en familia, no lo dudes: es un viaje que, como a mí, te marcará para siempre.

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