A 492 kilómetros de casa…
Llevo unos días de locos y estamos a lunes. Optimismo, viene un señor puente por delante 🙂 No sé si es que se van acercando las Navidades o que el mes de diciembre por lo general es un mes de no parar en cuanto a trabajo, regalos, preparativos, cenas, exámenes…
Y el problema es que en Madrid vivimos acelerados. Tenemos prisa por todo. Por las mañanas nos pone nerviosa la gente que va más lenta que nosotros, vamos como sardinas enlatadas en el metro, pasamos (yo en mi caso) la vida en el trasporte público a modo “Casa-Trabajo-Uni-Casa”. Encima a mi personalmente, no me basta con eso entre diario, que me meto en embolaos que nadie me manda. Así que no tengo excusa, yo me lo guiso, yo me lo como.
Eso sí, cuanto menos tiempo tengo es cuando más me apetece escribir y desconectar por un rato. Así que hoy os vengo a hablar de un viaje especial (como todos), pero diferente. El famoso Camino de Santiago.
¿Cómo surgió la idea?
La última vez que tuve sensación de completa tranquilidad fue el verano pasado cuando decidí hacer una pequeña parte del Camino de Santiago. El caso es que llevaba muchos años picándome la curiosidad por esta escapada y a principios de julio, teniendo varios cambios en mi vida e intentando evadirme de la despresión posterasmus, hablé con mi amigo Javi y surgió esta idea. Un poco improvisada por cierto. No decidimos hacerlo por ningún motivo religioso. En mi caso fue un poco más espiritual y motivacional. Dedicarme un tiempo a mi, a pensar, a superar este pequeño reto, salir del horno madrileño y a disfrutar de amigos y de la naturaleza.
El caso es que siendo de todo menos expertos en este viaje, en cuestión de pocos días conseguimos organizar lo “básico” para sobrevivir. Fuimos un poco de tiradillos y para qué mentir, era eso lo que buscábamos. Jóvenes arruinaditos con ganas de hacer un viaje. Sí, se puede.
Al viaje se apuntaron otros dos amigos (Ana y Baque). Total que empezamos siendo 4. ¿Por qué empezamos? Es una de las cosas chulis del Camino, conoces gente de todas las edades con las que compartes momentos muy buenos y normalmente se acaba siendo más gente que cuando empiezas. Digo normalmente, porque también existe la posibilidad de baja. (Casi casi)

¿Qué ruta decidimos hacer?
Nuestros requisitos (y pienso que son los imprescindibles) se centraron en tiempo y lugar. Nosotros tan sólo teníamos 6 días y medio contando con ida y vuelta, por lo que decidimos hacer una ruta de unos 122 kilómetros, que acabaron siendo 168 km. Por lo que tengo entendido, la gente que hace el Camino suele dedicar desde dos semanas hasta meses y en casos extremos, años. En cuanto al lugar, era verano, por lo que claramente queríamos costa. Finalmente, decidimos hacer ruta Avilés – Ribadeo que nos dio lo que queríamos: Costa y paisajes con playa. (Ya lo séeee, no llegamos a Santiago, pero: 1.La etapa que hicimos pertenece al camino y 2.Ribadeo-Santiago queda pendiente.
Inconvenientes: El camino del Norte, al no estar nada masificado, cuenta con muy pocos albergues y pocas facilidades en ese sentido. A mi la verdad que me gustó porque me generó un ligero sentimiento de riesgo. ¡A ver quién es el primero en llegar al albergue! Yo no, desde luego.

Día 1: “Lo bueno de haber llegado es que ya hemos llegado”
Madrid – Avilés – Muros de Nalón
Salimos de Madrid a las 3 de la mañana rumbo Avilés. Llegamos a las 10 de la mañana y sin apenas haber dormido nos pusimos en marcha. Y como siempre, el primer día se peca de novato. Llovía, hacía frío y sólo veíamos carretera por la que caminar. Una nacional en la que pasaban coches a 120 km/h.
Todo cambió cuando, en una parada que hicimos a comer, nos encontramos con dos catalanas que nos explicaron el veradero camino por el que seguir. Parejita que nos encontraríamos el resto de días en albergues, restaurantes y caminos. Por la tarde, corregimos el error y seguimos avanzando hasta nuestro primer destino: Muros de Nalón.
Otra de las novataditas fue la elección del primer lugar donde dormir, aunque tampoco teníamos otra alternativa. Era una especie e albergue Vintage-modernito pero con una habitación que dejaba mucho que desear, en cuanto a aspecto y olor. El primer día se te quitan las tonterías de golpe. Aprendes a valorar más una cama, una ducha y la privacidad que te da tu habitación.
Requisito número 1: Si quieres hacer el Camino, no puedes ser exquisito ni escrupuloso. Yo me metía cada noche en el saco de dormir suplicando a la ciencia infusa que no me picara ninguna chinche. Chinches no, aunque otros bichos que prefiero no saber, sí. Es cierto que tampoco da mucho tiempo a pensar esas cosas, es tumbarte y del cansancio acumulado del día, caes como un lirín lirán lirón.
Primer día superado.
Día 2: ¿Madrugar, qué es eso?
Muros de Nalón – Soto de Luiña
Madrugar fue uno de los puntos clave de la semana. Menos el primer día, todos los demás, a eso de las 6 y poco de la mañana, estábamos arriba. Pero no éramos los raros, había gente que a las 5 ya estaba en marcha. Me gustó ver a mucha gente joven haciendo el camino de manera individual. (Cosa que he incluido dentro de mis posibles escapadas).
Este día fue uno de mis preferidos. Pusimos rumbo a Soto de Luiña. Nada más empezar cruzamos una playa desierta donde nos detuvimos a disfrutar de las vistas. Después pasamos por Cudillero, Ana y yo subimos una cuesta infernal en coche (trampa) y finalmente nos bañamos en una playa, la típica asturiana. El frío del Atlántico no lo notaba nuestro cuerpo, es más, lo agradeció.
A partir de ahí solamente pensábamos en llegar al albergue, ducharnos, cenar algo y dormir. El día había cundido muchísimo y sólo eran las 18:00h cuando llegamos a Soto de Luiña. El dueño, un asturianito más salao que las pesetas, nos explicó el itinerario del día siguiente. Cenamos a lo baratito y lo demás vino de golpe. Tumbarnos en la cama, cerrar los ojos y amanecer al día siguiente con una nueva aventurita por delante. (Y 3 picotazos más para mi, por guapa).
Día 3: Cadavedo Express
Soto de Luiña – Cadavedo
Aunque yo tuve suerte en ese aspecto, las ampollas empezaban a notarse en algunos peregrinos, y sobre todo en el caso de Ana. Eso y que el calzado no era el más adecuado, implicó una mayor lentitud por nuestra parte. Decidimos dividimos, de manera que los chicos iban a su ritmo y nosotras al nuestro con una marcha bastante más baja. Este día fue algo más duro por los desniveles, por el terreno y por alguna zona de carretera monótona.
Cuando los chicos llegaron al albergue, nos llamaron diciendo que nos diéramos prisa que sólo quedaban dos plazas y nos las iba a quitar el siguiente que llegara. Allí el primero que llega, el primero que pilla. Estábamos a más de media hora andando de allí. Al final con su ayuda, lo conseguimos, corrimos con la casa a cuestas pero llegamos a tiempo. Comida, sidra para celebrar el día y a descansar. La habitación que veis es donde dormimos. Todo iba bajo control hasta que mi cama se rompió en mitad de la noche.
Podría haber sido peor y haber dormido fuera como les tocó a algunos. Aunque… dentro de esa tienda de campaña surgió el amor entre dos personas que viajaban cada un por su cuenta. Nota: También se liga en el Camino.
¡Tercer día superado!
Día 4: Todo por una buena fabada
Cadavedo – Luarca
La ruta de este día se me hizo muy rápida. Salimos de Cadavedo con un grupito de chavales que conocimos el día anterior en el albergue. Empezamos a buen ritmo, aunque nosotras nos quedamos atrás en cuestión de 20 minutos.
Llegamos a Luarca a la hora de comer y fuimos a un restaurante asturiano. Después de 4 días comiendo poco y mal, la fabada que nos comimos me sentó a gloria bendita. Después fuimos a ver el pueblo de Luarca y a tomar una sidrina. Por la noche, cena, juego de cartas con la gente del hostal (con muy buen rollo) y a dormir.

Día 5: Ana sigue viva
Luarca – La Caridad
Este fue el día que más kilómetros hicimos. A mi me gustó (los paisajes muy bonitos y muchos animalitos) pero otros no lo pasaron tan bien. Ampollas, ritmo de 5 km/h e impotencia que Ana iba soltando por su cuerpecillo. Llegó viva al albergue. Este día nos dedicamos básicamente a jugar a las cartas, hablar tranquilamente y descansar.

Día 6: Llegamos a Galicia pero sin lugar para dormir
La Caridad – Ribadeo
Qué poco quedaba. Los dos últimos días tuve la sensación de querer hacer más. Este día en concreto, teníamos un plus de fuerza para llegar cuanto antes a nuestro destino final, Ribadeo. Era la última parte. Fuimos a buen ritmo pero toda la energía se nos fue de un momento a otro cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado de camino. Hay que tener cuidado porque muchas veces las señales confunden y hay que fijarse bien.
Total que tuvimos que hacer 10 kilómetros extra hasta llegar a Galicia. Eso también supuso llegar dos horas más tarde a nuestro destino y por tanto, quedarnos sin alojamiento para ese día. ¿Dormir en la calle? Cabía dentro de nuestras posibilidades. Finalmente fuimos a una oficina de turismo y la suerte nos vino a ver con una mujer galleguiña que nos alquiló su casa para los 8 personas que éramos. Celebramos el último día con una tarde de playa y con lo que no podía faltar (aunque ya no estuviérnamos en Asturias), unas sidritas.

Día 7: Vuelta a casa en la tartana
Ribadeo – Madrid
Poco que contar de este día. Madrugamos para coger un bus a Avilés donde fuimos viendo durante casi 2 horas todo el recorrido que habíamos hecho durante los 7 días (me encantó).
Una vez en Avilés, pusimos rumbo a Madrid. Quiero dejar claro por aquí que mi coche aguantó el puerto de Pajares ida y vuelta, subida y bajada. (para todos los haters de mi coche). Por la tarde llegamos a Madrid sanos y salvos y… C’est fini!
Y aunque en algún momento de esta entrada parezca que se sufre, el sentimiento final es completamente distinto. De hecho, lo que me llevé del viaje es que voy a repetirlo. Con la gente que lo hice, con otros que se animen, con mi familia, y yo sola con mi perro. Semana Santa, verano…no lo sé aún, pero volveré 😉
Me despido con la frase que más nos repitieron los paisanos y que tanto me gustó escuchar…

Leave a reply to En 2020 más libre que nunca – PATRICIA ÁLVARO Cancel reply