A 2.822 kilómetros de casa…
Hoy hace exactamente un año que inicié la que creo que hasta ahora ha sido la mejor aventura de mi vida. Ese fue el día que cogí mis maletas y me mudé a Cracovia. Pagaría por volver a sentir la sensación del “no saber qué vendrá”. Irme a la aventura, bañarme en una cultura desconocida (donde tampoco conocía a nadie), con la casa a cuestas (pero sin casa) y con ganas de experimentar algo nuevo. Un misterio que acabó siendo la mejor decisión que he podido tomar en mucho tiempo.
Punto negativo… a partir de hoy es cuando Facebook me va a empezar a recordar a todas horas el: “hace un año que…”, “un día como hoy blablabla…” y fotito por allí, y fotito por allá y otra fotito; y recuerdos por aquí y más recuerdos… Y yo, o me borro la cuenta o no sé qué voy a hacer.
Esta fecha, 31 de enero, la voy a definir en el calendario como mi día de cambios. Hace 3 años acabé mis prácticas en el hotel Eurostars. Hace 2 años hice un cambio radical de imagen y me corté el pelo. El año pasado, como os estoy contando, me fui a Cracovia. ¿Pasará algo hoy?
Aprovecho entonces para contaros qué hice el mes pasado por estas fechas. Me fui a Cracovia a pasar Nochevieja. Antes de que penséis que soy idiota por hacer eso, 1 por el frío y 2 por estar fuera de casa, os cuento el motivo metiéndoos en contexto y remontándome 7 meses atrás:
Junio de 2017
Nunca olvidaré mi último día de Erasmus. La cena que hice con todos en mi sitio favorito de la ciudad, las despedidas en Banialuka y la torpeza de quedarme dormida y estar a punto de perder el avión. El caso es que, durante las despedidas rodeados de lágrimas y Soplica, todos decían: Pati, haremos una quedada y nos veremos pronto. Una amiga francesa añadió: Chicos, en Nochevieja todos aquí. Ajám, promesas que 90% de los casos quedan en el aire… Las intenciones siempre son buenas, pero la disponibilidad y tiempo fuera de un Erasmus es muy limitada, por lo que yo me despedí de algunos amigos no tan cercanos sabiendo que posiblemente jamás les volviera a ver.
Diciembre de 2017
Hace prácticamente un mes, aun en el ya lejano 2017, decidí pasar mi nochevieja fuera de casa. Es un hecho que siempre había visto raro, casi imposible para mi. Me considero una persona familiar y las fechas navideñas son sagradas. Pero como todo en esta vida, hasta que no te planteas realmente algo, no sabes hasta qué punto estás dispuesto/a a hacerlo. A veces me pongo en modo fría y calculadora por lo que en ese momento pensé: Es sólo una noche. El vínculo familiar se demuestra cada día del año, no la última noche. Pasaron un par de semanas desde que me picó la curiosidad, hasta que dije, me voy. Y acto seguido me puse a buscar vuelos. ¿Dónde? Qué pregunta tan obvia…a mi querida Cracovia.
No fui sola. Desde España sí, aunque a última hora se apuntó mi amigo Nico. Hicimos una quedada Erasmus, donde nos llegamos a juntar 25 personas, cada una de su madre y de su padre, (de un país distinto) pero todos con la ilusión de volver a vivir una noche Erasmus en nuestra Krakow. Con un poco de intención y ganas pudimos vivir unos días de nuevo en casa.
Sensación agridulce
Ahora bien, ¿Cómo fue el volver a pisar Cracovia? Es complicado explicar sensaciones pero lo que sí os puedo deccir es que fue una sensación agridulce. Es felicidad por volver, por saber que todo está igual. Es como si no hubiera pasado ni un día desde que me había ido pero al mismo tiempo tuve la sensación de que mi vida avanza a un ritmo acelerado, que ya ha pasado otra generación de Erasmus por allí y que al fin y al cabo lo que queda de todo son recuerdos. Fue muy bonito y divertido reencontrarse con todos y volver a recorrer la mayor parte de “nuestros” sitios en menos de 6 días. Sí, nuestros, porque otra de las sensaciones que me quedaron es que ciertas partes de la ciudad me ‘pertenecen’. Y Cracovia también tiene algo mío allí guardadito. (Algunos pensaréis que estoy loca).
Los 6 días los dedicamos a volver a ver mi casa, habitada ya por una polaca; a darlo todo en teatro cubano; a pasar las horas muertas en Banialuka; a sentarnos enfrente del río a charlar; a pensar una y otra vez lo increíble que fue; a olvidarme que estaba de paso y volver a experimentar ese tipo de felicidad que os hablé en la anterior entrada 🙂
El 31 de enero compramos uvas que NO me comí por mi torpeza. Cené dos trozos de embutido, colines y para de contar. La prioridad, más que la cena, era una fiesta en un piso antes de celebrar el chupinazo en la Plaza a las 00:00h. ¿Cómo acabó la noche? Nos dispersamos, bailamos en un festival que hubo en la Plaza y a eso de las 5 de la mañana acabamos en un piso de unos polacos. Noche random como todas las que definen mi Erasmus. Pasamos dos días más allí hasta que volvimos a Madrid.
Conclusión del viaje: Volveréeee con más tiempo, pero la próxima Nochevieja nadie me mueve de casita 😉
Y llegados aquí, me despido con una frase reflexiva de miércoles:
“Todas las oportunidades marcan el transcurso de nuestra vida, incluso las que dejamos ir” – El curioso caso de Benjamin Button
¡Que tengáis buen día!

Leave a reply to pedrol Cancel reply